Notas sobre tierra y democracia

Por Umberto Mazzei

Ginebra, 14/01/2011

umberto.mazzei@sfr.fr

 

La propiedad de la tierra es asunto muy importante, como que es el patrimonio original de cada pa’s. Es m‡s, pensadores como Machiavelli[1] y Montesquieu[2] han encontrado un paralelo entre la distribuci—n de la propiedad de la tierra y el sistema de gobierno. El autoritarismo est‡ en relaci—n directa y proporcional con la existencia de latifundios. La participaci—n ciudadana en la voluntad pol’tica est‡ en relaci—n directa con la difusi—n de la propiedad. En general una buena distribuci—n de la propiedad inmobiliaria – tierras o vivienda- es b‡sica para la paz  democr‡tica y la integraci—n ciudadana a la vida nacional.

 

Conozco el ejemplo de Italia del Norte e Italia del Sur. Italia del Norte es una constelaci—n de medianos y peque–os propietarios y all’ nacieron en la Edad Media las ideas que dieron vida al mundo moderno y la potencia econ—mica italiana. Italia del Sur conjuga un feudalismo de sonoros t’tulos nobiliarios con el accionar de la Cosa Nostra en Sicilia, la Ndrangheta en Calabria y la Camorra de N‡poles, todas nacidas para apoyar el latifundio, durante los siglos XVIII y XIX. Un proceso parecido al moderno de los paramilitares colombianos. Hay tambiŽn el ejemplo de dos imperios.

 

El antecedente de Roma

La relaci—n entre repartici—n de la tierra y estructura pol’tica la documenta la historia romana. La Roma pol’tica naci— al dejar de ser reino etrusco y convertirse en repœblica de peque–os campesinos. Fueron tiempos de una Roma ejemplo de rectitud ciudadana y valent’a patriota. Su primera ley agraria data de 486 a. c. porque la repartici—n de la tierra fue siempre central en la pol’tica romana, como que sus campesinos eran la base del ejercito. La conquista de nuevas tierras y el uso de esclavos fue creando latifundios, que desplazaron a los campesinos. En 367 a.c. la Ley Licinia trat— de limitar la propiedad de la tierra, pero igual se apropiaban los nobles senadores de las tierras pœblicas. Al no poder competir con mano de obra esclava los campesinos romanos abandonaron el campo para hacinarse en las ciudades y vivir del Estado. As’ comienz— la Roma del pan y circo.

 

El malestar era grande cuando el tribuno Tiberio Sempronio Graco, en 133 a. c., introdujo la Ley Sempronia que fijaba en 1000 arpentas (404 hectareas) la extensi—n m‡xima de las propiedades. El Estado absorb’a el resto para darlo a los campesinos sin tierra. Los ricos armaron sus criados y lo mataron a palos. Diez a–os despuŽs, su hermano Cayo muri— acuchillado tratando de repetir la obra. Fue el comienzo de las guerras civiles que destruyeron la Repœblica Romana y dejaron un Imperio militar.

 

La evoluci—n en Estados Unidos

Antes de la Guerra de los Siete A–os (1756 – 1763) las colonias inglesas en AmŽrica del Norte ocupaban una franja que s—lo llegaba hasta los montes Apalaches. Al oeste y el norte limitaba con la Louisiana francesa, que ocupaba ambas m‡rgenes del rio Mississippi, del rio Ohio y del rio San Lorenzo hasta el Atl‡ntico Norte. Al sur limitaban con la Florida espa–ola. En esa guerra, atribuida a un berrinche de Madame de Pompadour[3], Francia perdi— casi todas sus colonias. En Louisiana era vencedora, aunque perdi— QuŽbec, pero con criterio dif’cil de entender, recuper— Martinica y Guadalupe a cambio de todas las tierras en Louisiana hasta el margen oriental del Mississippi. Eso ser’a crucial para los futuros Estados Unidos. Por el Tratado de Paris Inglaterra reconoci— la independencia de los Estados Unidos y le entreg— todas la tierras reciŽn conquistadas al sur de los grandes lagos y al este del Mississippi. Esa regi—n se dividi— en territorios sin representaci—n pol’tica, que  fueron determinantes para una difusa repartici—n de la propiedad de la tierra.  

 

Text Box: America del Norte 1760  En 1776, las 13 provincias ten’an la tierra repartida entre  peque–as parcelas propiedad de granjeros individuales y latifundios otorgados a gente bien conectada, que necesariamente las trabajaban con esclavos. Aqu’, como en Roma, vemos el nexo entre esclavitud y latifundio.

 

La guerra de independencia aument— el nœmero de granjeros peque–os, porque se ofreci— parcelas a quien sirviera en el ejercito en los nuevos territorios. Luego, Alexander Hamilton, Secretario del Tesoro, saco a la venta tierra en los territorios a bajo precio, pero en lotes de 500 acres que los granjeros no pod’an comprar, pero si los banqueros que los fraccionaron y revendieron. Esos territorios fueron luego el espacio en que se asentaron granjeros venidos de Europa del norte.

 

Las primeras leyes sobre la propiedad de la tierra son el Ordenamiento de la tierra de 1783 y en la Ordenanza del Noroeste de 1787[4], que fijaban criterios para la repartici—n de la tierra y atribu’a tierra de uso pœblico (ejidos) a cada nuevo centro municipal. Sus normas rigieron la expansi—n territorial de Estados Unidos durante la primera mitad del siglo XIX. Fue la Žpoca virtuosa de la democracia norteamericana, cuando el poder econ—mico de unos pocos era equilibrado por la fuerza electoral de muchos peque–os propietarios. Cuando el poder de la oligarqu’a representada por el filo-brit‡nico Alexander Hamilton fue frenado por la corriente popular liderada por Thomas Jefferson, admirador de la revoluci—n francesa y presidente en 1801.

 

Eso ha cambiado mucho. La distribuci—n reflej— la evoluci—n de la influencia pol’tica. Cien a–os despuŽs, en 1900, la poblaci—n total de Estados Unidos era de 76 millones y la rural de 30 millones (40%). Los grandes propietarios de tierra entonces eran empresas ferrocarrileras. En 1990 la poblaci—n era 249 millones y la rural 62 millones (25%). La concentraci—n urbana es un fen—meno mundial, causado por varios factores, entre la agricultura mecanizada y la producci—n industrial de los productos que antes produc’an los granjeros. Pero que el 91% de la poblaci—n rural viva de salarios si es indicativo del estado de la propiedad[5].

 

Hoy, la propiedad de la tierra esta concentrada en empresas petroleras, seguidas por la industria forestal y la agroindustria. Los pocos granjeros due–os de su tierra producen o cr’an para la agroindustria. El uso de los OGM los hace empleados de los fabricantes de semillas y agroqu’micos para la parte vegetal o de hormonas y antibi—ticos para la parte animal. La casi totalidad de la producci—n agr’cola se hace en latifundios de grandes empresas, que emplean mucha mano de obra extranjera barata. La propiedad de la tierra esta ahora tan concentrada que los cinco m‡s grandes propietarios son due–os de 7,8 millones de acres ( 3,16 millones de hect‡reas) y el mas grande es due–o de 2 millones[6].

 

Ese cuadro de la mala distribuci—n de la propiedad en Estados Unidos empeora con los millones de gente sin hogar por las ejecuciones de hipotecas causadas por fraude financiero de Wall Street. Es clara la indiferencia social de quienes mandan en Washington, que muestran – como en Roma Imperial -  creciente disposici—n a dirimir disensos con el aparato militar.

 

La distribuci—n de la tierra sub-urbana

La concentraci—n de la propiedad y la emigraci—n del campo a la ciudad – por razones hist—ricas que var’an de pa’s a pa’s-  ha creado siempre problemas que comienzan con la ubicaci—n f’sica de la gente y con problemas sociales relacionados con la prestaci—n de servicios a las nuevas comunidades. La concentraci—n de la poblaci—n urbana encarece la tierra y la vivienda hasta hacerla inaccesible a quienes emigran por necesidad econ—mica. Esa aplicaci—n de las Òleyes del mercadoÓ crea una acumulaci—n humana en los m‡rgenes urbanos, que internacionalmente son conocidos con su nombre brasile–o de ÒfavelasÓ. 

 

Un buen gobierno no puede permitir que se acumulen grupos sociales marginados de la ense–anza y la salud, sin darles medios para ganarse una vida decorosa. Solucionar ese problema es necesario para mejorar la democracia, mejorar la seguridad pœblica y acabar la pobreza endŽmica. Sin embargo, la callosidad de la dirigencia pol’tica y social habitual en AmŽrica Latina y otros pa’ses, le permite mirar esos hacinamientos de la desesperaci—n como parte del paisaje. Por eso, es natural que los nuevos gobiernos latinoamericanos que llevan los servicios b‡sicos de la vida urbana a esos barrios donde viven las grandes mayor’as tengan un Žxito pol’tico y electoral, consistente y durable.

 

Esos asentamientos de forzosa precariedad est‡n muy expuestos a los accidentes atmosfŽricos y telœricos, por lo endeble de su construcci—n y la ausencia de controles tŽcnicos. Un ejemplo es la tragedia del terremoto en Hait’. Otro ejemplo, es el gran nœmero de damnificados por las intensas lluvias en Venezuela. La escasez de tierras pœblicas para asentarlos oblig— al gobierno venezolano a regresar a la propiedad pœblica extensiones de tierra subutilizadas y pedir donaciones solidarias al Estado para construir viviendas a los damnificados.

 

Nota personal

Eso œltimo me lleva a inserir una nota personal, que no es elegante hacer, pero quiero ayudar y estoy lejos. Tengo 18 hect‡reas de terreno inobjetablemente propio que quiero donar al gobierno venezolano para atender a los damnificados. La propiedad est‡ registrada en el catastro rural y ubicada en el municipio J. E. Lossada del Distrito Maracaibo. Si el uso que
se le dŽ llevase el nombre de mi admirado amigo Luis Homez, un socialista zuliano de vida breve pero ejemplar, me considerar’a ampliamente retribuido.



[1] Discorsi sulla prima Deca di Tito Livio

[2] De lÕEspirit des Lois

[3] La guerra de los 7 a–os que tanta influencia tendr‡ en el futuro del mundo, tuvo un origen fr’volo. Francia era aliada tradicional de Prusia contra Austria. La alianza se revirti— cuando Mme. Pompadour supo que Federico II de Prusia hab’a llamado a una perra suya la Pompadour. Con una nueva relaci—n de fuerzas Rusia, Austria y Francia atacaron a Prusia, cuyo œnica aliada era Inglaterra.

[4] Land Ordinance of 1783 y Northwest Ordinance of 1778.

[5] US Census Bureau

[6] The Land Report Fall 2010, October 5, 2010 The largest US land owners